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La Casa de Eva Perón: Un Palacio Desaparecido

01/05/2017

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La figura de Eva Perón sigue despertando gran interés, y con ella, los lugares que habitó y que fueron testigos de una época crucial en la historia argentina. Una de las preguntas recurrentes es qué sucedió con la casa donde vivió junto al General Juan Domingo Perón durante sus años como Primera Dama. Si bien tuvieron varias propiedades, la más emblemática y que sirvió como residencia presidencial fue el Palacio Unzué, un inmueble de gran valor histórico cuyo destino es hoy parte del pasado de Buenos Aires.

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Desde el 4 de junio de 1946, el matrimonio Perón-Duarte se instaló en esta imponente mansión, ubicada en el corazón del barrio de Palermo Chico, en un predio limitado por las actuales Avenidas del Libertador (antes Alvear) y General Las Heras, y las calles Agüero y Austria. Este extenso terreno es hoy ocupado, en su mayor parte, por la moderna estructura de la Biblioteca Nacional. La residencia presidencial, conocida como el “Palacio Unzué” por haber pertenecido a esta tradicional familia hasta su expropiación por el Estado Nacional en 1937, fue adquirida con el fin específico de ser la morada permanente de los presidentes argentinos en la Capital Federal. Aunque el presidente Edelmiro J. Farrell ya pernoctaba allí ocasionalmente, Perón fue el primer mandatario en vivir de forma continua en el palacio, marcando un hito en su historia.

El Palacio Unzué: La Residencia Presidencial

El predio del Palacio Unzué era vasto, aunque una pequeña porción estaba ocupada por la mansión de la familia Pueyrredón, de la cual hoy sobrevive el arco con balcón sobre Avenida Las Heras. La casa principal, la residencia propiamente dicha, era una edificación suntuosa de dos plantas situada en el centro de un amplio parque. Además de la mansión, el complejo incluía un grupo de garajes, dependencias de servicio, el casino de oficiales de la custodia, un departamento para este fin y edificaciones linderas independientes destinadas a la vivienda del personal.

La construcción se erguía sobre una barranca natural, una elevación del terreno que aún se puede apreciar en la actualidad y que antiguamente servía de defensa contra las crecidas del Río de La Plata.

Un Entorno de Lujo y Naturaleza: El Jardín Diseñado por Rubén Darío

Uno de los aspectos más notables del Palacio Unzué era su jardín, diseñado y realizado a pedido de la familia Unzué nada menos que por el célebre poeta Rubén Darío. Con un estilo poético, que combinaba toques románticos y exóticos, el jardín era el marco perfecto para la magnificencia del palacio.

Al pie de la escalera de acceso a la residencia, Darío colocó plantas de ámbar, cuyas flores blancas perfumaban la entrada al florecer. Un pequeño oasis formado por un conjunto de veinte palmeras rodeaba un estanque que albergaba a cientos de sapos, ofreciendo una vista particular desde la casa. Otro elemento singular era un pino que crecía inclinado, casi paralelo al suelo, a lo largo de cuyo tronco nacían claveles del aire, creando una imagen de ensueño. Aún hoy se puede apreciar un inmenso gomero sobre la calle Austria, que servía de punto de referencia para el matrimonio en sus paseos por el parque.

Durante los seis años que Eva Perón vivió en el palacio, a menudo se sentaba con Perón en los primeros peldaños de la escalera de entrada. Desde allí, envueltos en el aroma de las flores y el rocío, podían conversar en privado. El parque también fue testigo de momentos más íntimos, como el entierro de alguno de los caniches del General.

La Casa por Dentro: Espacios de Poder y Vida Cotidiana

La distribución interna del Palacio Unzué reflejaba su uso como residencia oficial y hogar. La planta baja prácticamente no era utilizada por el matrimonio. Eligieron instalarse en el primer piso, donde contaban con el dormitorio principal, un dormitorio de huéspedes, vestidores, una biblioteca, un escritorio y un pequeño comedor diario, además de las necesarias dependencias de servicio y administrativas.

El acceso al primer piso se realizaba principalmente a través de una imponente escalera de mármol con forma de “Y”. También existía un ascensor, ubicado en el otro lado de la casa, entre la biblioteca y el salón dorado. La bifurcación de la escalera permitía acceder al ala derecha o izquierda, que a su vez daban a un balcón interno desde donde se podía observar la planta baja. Se destinó un pequeño departamento dentro de la residencia para el hermano de Evita, Juan Duarte.

El segundo piso estaba preparado con habitaciones para el personal, que podían ser utilizadas si era necesario. Las dependencias del garaje presidencial también se encontraban dentro del predio.

El Personal al Servicio de la Residencia

La Residencia Presidencial contaba con una estructura de personal jerárquica, encabezada por un Intendente y un Subintendente. A diferencia de la residencia de Olivos, donde existía el cargo de mayordomo, en Palermo no lo había. La mayoría del personal estable que trabajó hasta la revolución de 1955 provenía de gestiones anteriores, algunos con antigüedad desde 1938.

Este equipo incluía cuatro mozos, un cocinero, un carpintero y un electricista. Dos hombres colaboraban directamente con el presidente en su arreglo personal. Una mujer, que se integró después de la asunción de Perón, se convirtió en la persona de confianza de la Primera Dama. Estos dos últimos, junto con el último intendente, fueron prácticamente los únicos empleados que ingresaron a la mayordomía después de que el matrimonio habitara la residencia.

Fuera de este núcleo central, otras personas trabajaban en distintas oficinas dentro del predio. Una oficina se encargaba de leer la correspondencia que llegaba de todo el mundo para el presidente. También estaba la oficina del Jefe de la Casa Militar. Se sumaba el personal de la ayuda social, que tenía a su cargo la clasificación de la correspondencia que llegaba para Evita, con pedidos diversos. Ella utilizaba esta oficina como despacho, ya que no tenía un escritorio propio.

La custodia presidencial, compuesta por oficiales y suboficiales de la Guardia de Infantería de la Policía Federal, también contaba con casino y un departamento propio. Un número reducido, aproximadamente treinta personas en total, tenía contacto directo con Perón y Evita. El primer Jefe de Custodia Presidencial para el General fue el comisario Vindé, y para Eva Perón, el comisario Límeres. Ambos fueron reemplazados posteriormente por Zambrino y Mileo, respectivamente.

Vida y Costumbres en el Palacio

La rutina en el Palacio Unzué estaba marcada por los hábitos del presidente y la intensa actividad de la Primera Dama.

Perón se levantaba invariablemente a las cinco y treinta de la mañana. Evita lo hacía un poco más tarde, especialmente en los últimos tiempos de su vida, ya que se acostaba a la madrugada. Inicialmente, ambos se retiraban alrededor de las veintidós horas. Si el presidente prolongaba sus actividades por la noche debido a eventos de gala, sus horarios matutinos permanecían inalterables.

Desayunaba en la residencia, solo o con algún colaborador cercano. Trataba de llegar a la Casa de Gobierno entre las seis y veinte y las seis y treinta. Aprovechaba el trayecto para dar un breve paseo en auto por la ciudad aún a oscuras. Si debía ir al odontólogo, retrasaba su llegada hasta las siete de la mañana.

Regresaba, salvo imprevistos, a las doce en punto para almorzar. En los primeros años, Evita siempre lo acompañaba. Después, debido a sus múltiples actividades, almorzaban juntos en contadas ocasiones, generalmente los fines de semana o en cumpleaños y días festivos.

El menú que preparaba el cocinero era amplísimo pero sencillo. Jamás pedían una comida específica y mucho menos exótica. Perón disfrutaba de la carne bien cocida, casi quemada, acompañada de un vino de mesa tinto al que añadía soda, revolviendo con un tenedor para quitarle gas. Las bodegas de San Vicente y de la residencia estaban repletas de vinos finísimos, regalos de todas partes del mundo que raramente se consumían, lo que llevaba al General a preguntarse quién los tomaría.

Evita prefería las milanesas con papas fritas. A Perón le gustaba comer de vez en cuando un buen plato de tallarines con salsa boloñesa. Era amante de la “comida tranquila”, de la parsimonia entre plato y plato, y solía quejarse de que los mozos retiraban la vajilla muy rápido, sintiendo que los “estaban echando”. En cuanto a frutas o jugos, ambos preferían el pomelo, ya que la naranja y la mandarina no le sentaban bien al General.

Evita no fumaba, pero Perón sí. En su cigarrera personal llevaba 5 cigarrillos rubios y 5 negros (comúnmente Particulares y Saratoga). Si estaba en su escritorio leyendo o estudiando, pedía un pocillo de café negro y encendía un cigarrillo.

Generalmente, Perón tenía buen sentido del humor, aunque era muy concentrado. No disfrutaba de reuniones, cumpleaños o fiestas. Prefería estar solo con su esposa, sin familiares. A pesar de ello, cuando los recibían era muy atento y cordial. “Las visitas son lindas cuando llegan y cuando se van” era una frase que solía repetir.

Le importunaban las reuniones partidarias con enfrentamientos internos y discusiones interminables. En esos momentos, se daba media vuelta y pedía que lo llamaran cuando hubieran llegado a un acuerdo.

Leía y estudiaba muchísimo. Preparaba él mismo sus discursos o conferencias, pasando horas encerrado en su escritorio entre libros y papeles. En estas ocasiones, exigía silencio absoluto.

Las diversiones o distracciones no eran muchas. El General y Evita concurrían a espectáculos deportivos y daban paseos a solas en auto por la ciudad.

Perón era hincha de Boca Juniors, aunque se ha creído erróneamente que era de Racing Club debido al apoyo que esta entidad recibió de su ministro Cereijo, tan fanático que se referían a Racing como “Sportivo Cereijo”.

¿Quién inventó las casas prefabricadas?
Jean Prouvé fue, sin duda, un visionario que introdujo el concepto de sostenibilidad y diseño social en sus viviendas en serie prefabricadas.

Los viernes por la noche, la mayoría de las veces partían hacia San Vicente, regresando los domingos por la tarde. Cuando se quedaban en la capital, veían juntos las películas que les enviaban de la Subsecretaría de Informaciones.

Al General también le gustaba probar alguna moto; en una ocasión, la custodia lo perdió y él llegó hasta Saavedra. No le gustaba manejar de noche.

Tanto en San Vicente como en la residencia, Perón demostraba vastos conocimientos de botánica. Conocía los nombres científicos de las plantas, incluso de variedades exóticas, y sorprendía al jardinero reconociendo las distintas especies y sus necesidades de agua, fertilizantes, etc.

Sus perritos caniches eran su distracción preferida. Se desesperaban al verlo, y él, con un golpecito de palmas, lograba que dieran un gran salto para tenerlos en sus brazos.

Lo primero que preguntaba al levantarse era la hora en que Evita había vuelto. Como ella escuchaba su pregunta desde la cama, el personal le decía “llegó a las once”, pero por debajo, con los dedos, le mostraban la hora verdadera, que a menudo era después de las dos de la mañana.

El matrimonio tenía su dormitorio, pero cuando Evita llegaba tarde, dormía en la habitación de huéspedes. Especialmente en los años de mayor actividad de Evita, descansaban en habitaciones separadas.

Respecto a los amigos, la señora de Alberto Dodero visitaba seguido a Evita. Vivía muy cerca de la residencia, en la calle Gelly y Obes.

Si Evita descansaba en el dormitorio matrimonial, el personal despertaba al presidente golpeando la puerta exactamente a las cinco y treinta de la mañana.

Muy de vez en cuando ponían música en el tocadiscos. Perón había traído de su departamento en la calle Posadas su colección de grabaciones clásicas o tropicales.

Ninguno de los dos consumía bebidas blancas. Él solo tomaba vino común en la mesa y, excepcionalmente, un whisky cuando había invitados. Ella gustaba de una copita de oporto muy de tanto en tanto.

La residencia era una casa de trabajo. Los fines de semana, el General mantenía las mismas costumbres que el resto de los días, salvo en lo relativo a ir a la Casa de Gobierno. Se levantaba a la misma hora, y Evita aprovechaba para descansar un poco más, ya que se acostaba muy tarde. Él dormía la siesta. Si no lo hacía, ella iba a algún hogar de tránsito u obra en construcción para supervisar. Luego de la siesta, se proyectaban preestrenos de películas.

Para las fiestas de Navidad o Año Nuevo, Evita siempre tenía una atención con quienes trabajaban a su lado: una tarjeta de salutación con sidra y pan dulce, que entregaba personalmente. Para Perón, era un día más.

El cuarto del valet se ubicaba casi enfrente del matrimonial. El cuarto de la señora que colaboraba con Evita hasta 1948 —año en que se casó— se encontraba sobre uno de los laterales del dormitorio del matrimonio; luego vivió en los edificios adyacentes a la residencia.

De vez en cuando, alguno de sus colaboradores personales ayudaba al presidente a ordenar su placard y a separar las prendas pasadas de moda. Perón solía decir: “vamos a tirar lo que no sirve, porque después pasa el tiempo y no sabemos qué sirve y qué no sirve”. Las sastrerías que confeccionaban la ropa para el presidente eran Pinetto, The Brighton e Isola para la sastrería militar. Si se trataba del frac para una función de gala, Perón requería de los servicios de la colaboradora de su esposa para hacer el moño, ya que, según él, uno de sus valets “tiene las manos como dos morcillas”.

El presidente utilizaba una loción de la casa The Brighton y los perfumes que le regalaran y fueran de su agrado. Otros productos para el tocador presidencial se compraban en la “Franco Inglesa”.

La llegada del matrimonio Perón obligó al personal a variar por completo sus actividades y horarios. El general Farrell, el presidente anterior, poseía un gran sentido de la camaradería y organizaba con frecuencia asados en la residencia hasta altas horas de la noche, con música folklórica interpretada por un miembro de la custodia. La austeridad del matrimonio Perón se reflejaba en sus gustos culinarios y en las escasísimas ocasiones en que el palacio se vestía para recibir invitados. Generalmente celebraban cumpleaños solos. Pocas veces organizaban cenas íntimas con escasos invitados, como Oscar Nicolini y su esposa, Juan Duarte y Blanca Duarte de Álvarez Rodríguez, y algún otro funcionario amigo. Evita era quien organizaba la cena (nunca en relación al menú), ya que el General no quería enterarse de esos temas.

El Destino Final del Palacio Unzué

La historia del Palacio Unzué tuvo un final abrupto. Luego de la caída de Perón en septiembre de 1955, la residencia fue demolida. Una vez desaparecida, se proyectó en el lugar la construcción de la Biblioteca Nacional, obra que, felizmente, fue culminada años después. De esta manera, la casa que fue testigo de la vida presidencial y familiar de Juan Domingo Perón y Eva Duarte dejó de existir físicamente, convertida en un recuerdo y en parte de la historia urbana de Buenos Aires.

La Quinta San Vicente: Un Legado Preservado

Es importante mencionar que el Palacio Unzué no fue la única propiedad significativa del matrimonio. Perón y Eva Duarte también adquirieron en 1946 la Quinta San Vicente, ubicada en la localidad homónima, al sur de la provincia de Buenos Aires. Esta propiedad tuvo un destino diferente al del Palacio Unzué.

En 1989, fue sancionada la Ley N° 10856 que declaró de utilidad pública esta quinta, transformándola en el Museo Histórico y Patrimonio Cultural de la Provincia de Buenos Aires. Sus 19 hectáreas albergan la mayor y más variada colección de objetos y documentos pertenecientes a Juan Domingo Perón. En el predio se pueden recorrer la Casa Principal, el Torreón, el Tren Presidencial utilizado por Perón y Evita, y el edificio central del Museo, inaugurado en 2002, donde se exhibe la muestra “Justa, libre y soberana” que refleja la Argentina de 1945 a 1955. Además, desde 2006, el Mausoleo que guarda los restos del General Perón se encuentra en este lugar.

La Quinta San Vicente, a diferencia del Palacio Unzué, se mantiene en pie y abierta al público, preservando la memoria y el legado de Perón y Evita a través de sus espacios y colecciones.

Comparativa de las Residencias

PropiedadUbicaciónAdquisición por Perón/EvitaEstado ActualNota Relevante
Palacio UnzuéPalermo Chico, C.A.B.A.Residencia Presidencial desde 1946Demolida (1955)Sitio actual de la Biblioteca Nacional
Quinta San VicenteSan Vicente, Prov. Bs. As.1946Preservada como MuseoAlberga el Mausoleo de Perón

Preguntas Frecuentes sobre las Casas de Perón y Evita

¿Cuántas residencias importantes tuvieron Perón y Evita?

Además de otras propiedades personales o de uso temporal, las dos residencias más significativas asociadas a su vida en el poder fueron el Palacio Unzué en Buenos Aires, que funcionó como Residencia Presidencial, y la Quinta San Vicente en la provincia de Buenos Aires, utilizada para descanso y actividades de fin de semana.

¿Por qué se demolió el Palacio Unzué?

El Palacio Unzué fue demolido en 1955, luego del golpe militar que derrocó al gobierno de Juan Domingo Perón. La decisión fue tomada por el gobierno de facto de la autodenominada Revolución Libertadora, con el objetivo de borrar símbolos del peronismo. Posteriormente, el predio fue destinado a la construcción de la Biblioteca Nacional.

¿Qué se puede visitar hoy en día relacionado con las casas de Perón y Evita?

El Palacio Unzué ya no existe; en su lugar se encuentra la Biblioteca Nacional. Sin embargo, la Quinta San Vicente en la localidad homónima fue declarada museo y patrimonio cultural. Allí se puede visitar la Casa Principal, el Torreón, el Tren Presidencial y el Mausoleo donde descansan los restos de Juan Domingo Perón.

Conclusión

La historia de las residencias de Juan Domingo Perón y Eva Duarte es un reflejo de su tiempo y su legado. El majestuoso Palacio Unzué, testigo de años de vida presidencial y del arduo trabajo de Evita, fue tristemente demolido como parte de un intento por borrar la memoria del peronismo. Sin embargo, la Quinta San Vicente, otro espacio significativo en sus vidas, fue preservada y convertida en museo, permitiendo a las nuevas generaciones acercarse a la historia y los objetos personales de quienes marcaron profundamente el rumbo de Argentina. La Biblioteca Nacional se alza hoy donde alguna vez estuvo el palacio, mientras que San Vicente se mantiene en pie, custodiando una parte esencial del pasado.

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