Construyendo Ciudadanía Indígena Activa

17/09/2019

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En la actualidad, es imposible pasar por alto la influencia significativa de los movimientos indígenas en el proceso de construcción de las democracias modernas en América Latina. A nivel global, regional y local, se busca activamente reconocer la riqueza de sus culturas para lograr una incorporación plena de los pueblos originarios en los procesos de democratización. Esto implica forjar nuevas relaciones sociales, culturales y políticas que faciliten la erradicación de la pobreza y la discriminación que históricamente han afectado a la mayoría de estas comunidades.

¿Cómo se construye la nueva ciudadanía?
La nueva ciudadanía requiere la constitución de sujetos sociales activos (actores políticos, como las organizaciones autogestionarias y cogestionarias) que definan lo que consideran sus derechos y luchen por su reconocimiento. Se piensa que el nuevo concepto de ciudadanía consiste justamente en esto.

La identidad y los derechos de los pueblos indígenas son temas de una trascendencia histórica innegable para el presente y futuro de la región. Tras siglos de conquista, colonización y migraciones, América Latina ostenta hoy un carácter multiétnico, pluricultural y multilingüe. Se estima que cerca de 40 millones de personas pertenecientes a unos 400 grupos étnicos habitan el continente, mostrando una vasta diversidad en lenguas, formas de organización sociopolítica y hábitats, desde selvas hasta centros urbanos. A pesar de esta riqueza, sus tradiciones y formas de decisión no siempre han sido respetadas. Durante mucho tiempo, las políticas estatales hacia los indígenas fueron, en el mejor de los casos, paternalistas y, en general, fracasaron en mitigar la pobreza y la marginalidad, o en mejorar la relación entre los pueblos originarios y el Estado.

En las últimas décadas, hemos sido testigos de las persistentes luchas de los movimientos indígenas. Estas luchas han impulsado una redefinición urgente de la relación entre los pueblos indígenas, los Estados nacionales y la sociedad civil. Se demanda que estas relaciones adopten nuevas formas, roles y maneras de interactuar para dar origen a un ejercicio democrático del poder renovado y más inclusivo.

Desde principios de los años ochenta, las sociedades latinoamericanas han experimentado una apertura gradual pero firme. Los ciudadanos han conquistado mayores espacios de participación política, social y económica a través de la ciudadanía activa, buscando incidir directamente en la superación de la exclusión. En este contexto, mientras nuestras sociedades intentan superar modelos autoritarios y centralistas, y sectores históricamente marginados demandan su espacio propio, se vuelve indispensable redefinir las relaciones culturales y políticas entre el Estado y todos los segmentos de la población, lo que inevitablemente incluye a los pueblos indígenas. Por su parte, los indígenas luchan claramente por la afirmación de sus culturas, sus prácticas, y sus organizaciones autogestionarias y cogestionarias, contando con apoyo nacional, regional e internacional para ocupar los nuevos espacios públicos institucionalizados que les corresponden en una democracia moderna y más participativa.

Este análisis parte de la premisa de que la constitución de sujetos sociales activos, central en los procesos democratizadores de América Latina, se fundamenta en el reconocimiento de la diferencia cultural y la apertura de nuevos espacios jurídicos y constitucionales para el ejercicio de una ciudadanía activa.

La Construcción de Sujetos Sociales Activos

En los esfuerzos latinoamericanos por construir sociedades democráticas más justas, se enfrentan las demandas de diversos grupos cuya exclusión histórica ha generado conflictividad. A la negación de la pluralidad cultural se suma la subordinación que sufren los pueblos indígenas, lo que impulsa sus luchas por el reconocimiento de su diferencia.

El debate actual en América Latina gira en torno al cambio del modelo de Estado, buscando relaciones más equitativas en términos económicos y sociales. Esto implica que los sistemas jurídico-políticos deben incorporar el respeto a la diversidad y la pluralidad como elementos esenciales de las nuevas prácticas democráticas. Los movimientos sociales, especialmente los indígenas, han logrado en diversas instancias transformar sus reivindicaciones en políticas públicas y ampliar los horizontes de la política institucional. Han trabajado incansablemente para otorgar nuevos significados a conceptos tradicionales como ciudadanía, representación y participación política, redefiniendo así la propia democracia. Los movimientos indígenas son un ámbito fundamental para comprender cómo se entrelazan en la práctica lo cultural y lo político.

Se argumenta que la cultura es inherentemente política, ya que los significados que construimos son constitutivos de procesos que buscan, explícita o implícitamente, redefinir el poder social. No hay práctica social que no esté mediada por el discurso, ni discurso que no tenga relación con la práctica. La distinción entre ambos se realiza solo con fines analíticos. La tensión entre lo textual y lo que lo fundamenta, entre la representación y su base, entre significado y prácticas, entre narrativas y actores sociales, entre discurso y poder, es una constante que se manifiesta en las luchas sociales.

La nueva significación de la democracia no se limita a la democratización del régimen político, sino que abarca a toda la sociedad, incluyendo las prácticas culturales que perpetúan la exclusión y la desigualdad. Esta forma ampliada de democracia se materializa mediante una redefinición de la ciudadanía y su eje central: la noción de derechos. La nueva ciudadanía va más allá de la mera aceptación de cláusulas legales o el acceso a derechos preestablecidos; implica la invención y creación de nuevos derechos que emergen de luchas concretas. Entre estas, destacan las luchas indígenas por el reconocimiento de su derecho a la diferencia dentro de un marco de igualdad.

Esta nueva concepción de ciudadanía exige la constitución de sujetos sociales activos, es decir, actores políticos (como las organizaciones autogestionarias y cogestionarias) que definan sus propios derechos y luchen por su reconocimiento efectivo. Se considera que la esencia del nuevo concepto de ciudadanía reside precisamente en esta capacidad de agencia. Es, en muchos sentidos, una estrategia de los sectores históricamente excluidos para asegurar una ciudadanía “desde abajo”.

Además, la idea de una nueva ciudadanía trasciende la simple exigencia de acceso, inclusión o pertenencia a un sistema político dado. Lo que está en juego es el derecho fundamental a participar activamente en la definición y transformación de dicho sistema y de su estructura de relaciones de poder. Esto implica que los sectores marginados, como los pueblos indígenas, ocupen espacios clave para ejercer un control democrático sobre el Estado mediante la participación efectiva de una ciudadanía activa que influya directamente en las decisiones del poder.

La ciudadanía activa, impulsada por propuestas alternativas de democracia, facilita la creación de instancias y mecanismos que abren nuevos espacios públicos. Estos espacios, como las diversas formas de organización y participación ciudadana, evidencian posibilidades significativas de cambio. Estas experiencias se centran en los esfuerzos de los propios pueblos indígenas por adaptarse a la institucionalidad democrática y, al mismo tiempo, transformarla. Estas prácticas demuestran cambios cualitativos no solo en las modalidades de toma de decisiones dentro del Estado, sino también en las relaciones entre el Estado y la sociedad. Contribuyen a fortalecer la existencia de ciudadanos/sujetos y una cultura de derechos que incluye el derecho a participar en el gobierno a diversos niveles.

Las nuevas definiciones de conceptos como democracia y ciudadanía confrontan la cultura dominante a través de una resignificación de nociones como derechos, espacios públicos y privados, formas de sociabilidad, ética, igualdad y diferencia. Estos múltiples procesos de resignificación revelan claramente definiciones alternativas de lo que se busca construir como político. Al analizar la política en los movimientos indígenas, es vital considerar que la política no se limita a actividades específicas (votar, hacer campaña) en espacios institucionales (parlamentos, partidos); abarca también luchas de poder que se desarrollan en un amplio espectro de espacios definidos culturalmente como privados, sociales, económicos y culturales.

El poder no debe entenderse únicamente como un mecanismo de imposición desde arriba, sino como una relación social distribuida en todos los ámbitos. Para América Latina, los movimientos indígenas representan un desafío a los fundamentos mismos de las formaciones estatales nacionales. En este contexto, las alianzas intersectoriales con amplias capas de la sociedad civil y su conexión con el proceso democratizador son particularidades de las luchas indígenas en la región. Estas luchas vinculan el auge de diversas identidades con el desarrollo de la ciudadanía activa, buscando caminos hacia una democracia más participativa.

Aunque los procesos globales influyen en las estrategias de inclusión social promovidas “desde arriba”, las nuevas relaciones sociales que emergen de las diferentes identidades también crean oportunidades para impulsar estrategias de integración social “desde abajo”. Esto se manifiesta en la democratización del poder local, el surgimiento de nuevos líderes indígenas y el desarrollo de diversas formas asociativas y organizativas. Es importante destacar que, a pesar del peso de las variables globales, el papel de los movimientos indígenas es crucial en este cambio de la relación Estado-sociedad, impulsando experiencias participativas cogestionarias.

Reconocimiento de la Diferencia Cultural

Las nuevas democracias en América Latina requieren, entre otros elementos esenciales, el reconocimiento pleno de la diferencia cultural. Este reconocimiento se manifiesta principalmente al aceptar la presencia y los derechos de los pueblos indígenas, pero no se agota en ellos. Es necesario crear nuevas relaciones culturales y políticas mediante la apertura del espacio jurídico-constitucional para integrar a estos pueblos en nuestros Estados de manera significativa.

La Propuesta de Declaración Americana sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, elaborada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), es una pieza fundamental en este proceso. Complementa instrumentos como el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la creación del Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas y las diversas reformas constitucionales nacionales. Si la Organización de los Estados Americanos (OEA) logra que esta Declaración se convierta en un estatuto hemisférico, se habrá dado un paso gigante hacia la transformación de las condiciones de vida de los pueblos indígenas.

Lo que está realmente planteado no es solo reconocer la situación actual de los pueblos indígenas, sino orientar los procesos jurídicos y de democratización del Estado hacia su reconstrucción como sujetos políticos plenos. Esto exige decisiones claras, ajustes económicos y recursos políticos. De lo contrario, podrían surgir situaciones complejas en cuanto a los términos jurídicos de su reconocimiento.

Se reclama, de manera específica, el reconocimiento como “pueblos”. Muchos grupos indígenas enfrentan fragmentación organizacional y, en algunos casos, la falta de territorios claramente definidos que se correlacionen directamente con sus estructuras sociales. Esto genera problemas concretos. Hay que considerar que un número significativo de pueblos indígenas están divididos por fronteras nacionales, residiendo en uno o ambos lados. Es imprescindible una reforma del Estado que reconozca los derechos a la diferencia de cualquier habitante y que conduzca a una juridicidad adecuada para los pueblos indígenas de la región. La situación varía significativamente entre países con mayorías indígenas (Guatemala, Bolivia, Ecuador, Perú) y aquellos con poblaciones indígenas menores (Venezuela, Colombia, Brasil).

Además, el reconocimiento pleno debe ir más allá de un conjunto de derechos frente a la sociedad mayoritaria; debe expresarse en una participación efectiva en los diferentes niveles del Estado. Un reconocimiento legal sin una presencia indígena en las instancias de poder no garantizaría, necesariamente, una democratización profunda de las sociedades.

Los derechos indígenas ganan visibilidad, aunque desde la perspectiva de los Estados nacionales históricamente se vieron en oposición a la soberanía nacional. La adhesión excesiva al modelo francés de Estado nacional post-Revolución Francesa, que no consideraba particularidades y autonomías, prevaleció por mucho tiempo. Siempre se creyó que el concepto de soberanía nacional colidía con las soberanías particulares.

Sin embargo, la evolución de la noción de Estado en Europa, América del Norte y algunos países de América Latina, ha demostrado que la concepción de la nación como un pueblo con aspiración política de unificación es perfectamente compatible con la existencia de particularidades o nacionalidades culturales. Después de la Segunda Guerra Mundial, muchos Estados europeos se organizaron sobre la base de la convivencia de naciones culturales dentro del Estado nacional, adoptando modelos de descentralización y organización federal. En América, el carácter federal en países como Estados Unidos y Canadá, y las modalidades de convivencia de nacionalidades en algunos Estados latinoamericanos, reflejan esta tendencia.

A inicios del siglo XXI, se percibe claramente que no existe una oposición intrínseca entre la existencia política del Estado nacional y la integración de las nacionalidades desde el punto de vista cultural, lingüístico, de tradiciones e incluso de origen racial, dentro de ese mismo Estado. Este es el reto fundamental que enfrenta la organización estatal contemporánea.

¿Cómo se construye la nueva ciudadanía?
La nueva ciudadanía requiere la constitución de sujetos sociales activos (actores políticos, como las organizaciones autogestionarias y cogestionarias) que definan lo que consideran sus derechos y luchen por su reconocimiento. Se piensa que el nuevo concepto de ciudadanía consiste justamente en esto.

En este marco, los derechos de participación implican, además de la igualdad de acceso para la elección de autoridades, la participación directa en las decisiones que afectan a una comunidad. Esto requiere el reconocimiento de instancias y mecanismos de organización política, social y económica diversos, adaptados a las formas propias de los pueblos indígenas.

Ciudadanía Activa: Nuevas Definiciones

En Venezuela, en los últimos años, ha habido una discusión significativa sobre los derechos indígenas y su reconocimiento constitucional. Durante el proceso constituyente de 1999, se acumularon numerosas propuestas y demandas de los movimientos indígenas. Esta militancia se enmarca en dos procesos sociales clave: la Reforma del Estado, que busca adaptar las estructuras políticas tradicionales a las exigencias globales mediante la descentralización y la priorización de la participación junto a la representación; y la emergencia de organizaciones indígenas que exigen un reconocimiento efectivo de la ciudadanía activa en el marco de la democratización nacional.

La Constitución venezolana de 1999 estableció un nuevo marco de convivencia política y social entre los diferentes grupos étnicos y el Estado. La ampliación de la democracia participativa impulsada en este proceso de reforma política permitió reorganizar la relación Estado-sociedad, atendiendo con mayor especificidad las particularidades culturales, políticas, económicas y sociales de su población originaria.

El texto constitucional venezolano de 1999 consagró la esencia participativa del Estado, incorporando reclamos indígenas (ver Preámbulo). El artículo 70 establece la autogestión, la cogestión y otras formas asociativas como instancias de participación social y económica, guiadas por la cooperación mutua y la solidaridad. Los artículos 119 a 126 reconocen la existencia de los pueblos y comunidades indígenas, su organización, culturas, usos, costumbres, idiomas, religiones, hábitat y derechos originarios sobre sus tierras ancestrales, otorgándoles características legales específicas.

Además, el artículo 184 versa sobre la transferencia de servicios a las comunidades, promoviendo mecanismos abiertos y flexibles para que estados y municipios descentralicen y transfieran servicios a comunidades organizadas que demuestren capacidad de gestión. Se impulsa la participación ciudadana a través de asociaciones vecinales y organizaciones no gubernamentales en la formulación de propuestas de inversión y en la ejecución, evaluación y control de obras (Juntas Parroquiales, Consejos Locales de Planificación).

Junto a la Constitución, leyes como la Ley Orgánica de Participación, la Ley Orgánica del Poder Municipal y la Ley Orgánica de Pueblos y Comunidades Indígenas, así como reglamentos y ordenanzas, conforman el marco normativo que propicia la apertura de nuevos espacios con presencia indígena.

El proceso de construcción de una ciudadanía activa basado en esta nueva normativa (nuevos significados) ha sido objeto de estudio. Una mirada exploratoria a organizaciones cogestionarias de comunidades Wayuu en Venezuela (Asociaciones de Vecinos de Kusí) reveló que, aunque el Estado concede financiamiento para proyectos (como pozos de agua), la comunidad enfrenta debilidades organizativas y desconocimiento de los mecanismos e instancias para gestionar eficientemente estos recursos.

A pesar del reconocimiento legal de la ciudadanía Wayuu, en la práctica aún no se consideran plenamente las particularidades de su organización sociocultural y política. Si el Estado no crea las condiciones en sus diferentes instancias (especialmente municipal) para aplicar adecuadamente los instrumentos legales, y si las comunidades indígenas no fortalecen sus organizaciones y aprenden a ejercer sus derechos, las posibilidades de avanzar hacia mayores grados de participación y democratización son limitadas, y las luchas y la conflictividad persistirán. Es crucial que estas incipientes experiencias cogestionarias contribuyan a que estos grupos, históricamente excluidos, puedan actuar como sujetos sociales y políticos autónomos.

Otro estudio exploratorio de organizaciones cogestionarias de la comunidad Añú (Asociaciones de Vecinos de Sinamaica) también mostró un fortalecimiento tras la aprobación del nuevo ordenamiento jurídico (1999), que consagró múltiples instancias participativas. Sin embargo, igualmente se apreció un desconocimiento por parte de las organizaciones vecinales indígenas de los derechos y deberes consagrados en la normativa. Esto limita su capacidad para impulsar eficientemente la solución de los graves problemas que enfrentan. Por un lado, desconocen las instancias participativas a las que deben acudir (Juntas Parroquiales, Consejos Locales de Planificación), y por otro, el Estado ha implementado una proliferación excesiva de instancias y mecanismos de participación que resultan complejos, confusos y ambiguos en su instrumentación.

Ambas experiencias exploradas coinciden en señalar limitaciones en el proceso de construcción de la nueva ciudadanía activa indígena venezolana. Corregir estas limitaciones es esencial para lograr la concreción de la democracia participativa.

Instrumentos Jurídicos Relevantes

InstrumentoOrganismo / PaísAñoAporte clave para Pueblos Indígenas
Convenio 169 sobre Pueblos Indígenas y TribalesOIT1989Reconoce derechos colectivos, culturales, territoriales y de consulta.
Propuesta de Declaración Americana sobre Derechos de los Pueblos IndígenasOEA (CIDH)1997 (Propuesta)Busca establecer un estándar hemisférico para el reconocimiento y protección de derechos.
Constitución de la República Bolivariana de VenezuelaVenezuela1999Amplio reconocimiento de existencia, organización, culturas, hábitat y derechos originarios sobre tierras. Consagra democracia participativa.
Ley Orgánica de Pueblos y Comunidades IndígenasVenezuelaPost-1999Desarrolla los preceptos constitucionales en materia indígena.

Preguntas Frecuentes sobre Ciudadanía Indígena

P: ¿Qué es la ciudadanía activa en el contexto indígena?

R: Se refiere a la capacidad y el derecho de los pueblos indígenas, individual y colectivamente, de participar activamente en la definición y transformación del sistema político y social, no solo accediendo a derechos existentes, sino también creando y luchando por el reconocimiento de nuevos derechos basados en su diferencia cultural y formas de organización propias.

P: ¿Cómo se relaciona la diferencia cultural con la ciudadanía?

R: La nueva ciudadanía busca integrar el reconocimiento de la diferencia cultural, especialmente de los pueblos indígenas, como un elemento esencial de la igualdad y la participación. No se trata de asimilación, sino de reconocer y valorar las distintas formas de vida, organización y cosmovisión dentro del Estado nacional.

P: ¿Cuál es el papel de los movimientos indígenas en este proceso?

R: Los movimientos indígenas son actores clave que, a través de sus luchas, han impulsado la redefinición de conceptos como ciudadanía, democracia y derechos. Han logrado visibilizar sus demandas y, en algunos casos, influir en la creación de marcos legales que reconocen sus derechos colectivos y promueven su participación.

P: ¿Qué desafíos existen para la construcción de esta ciudadanía activa?

R: Los desafíos incluyen la debilidad organizativa en algunas comunidades, el desconocimiento de los mecanismos legales y de participación, la complejidad y ambigüedad de la institucionalidad estatal, la persistencia de la discriminación y la necesidad de recursos económicos y políticos para la efectiva reconstrucción de los pueblos como sujetos políticos.

P: ¿Cómo contribuyen las formas asociativas (autogestión, cogestión) a la ciudadanía activa indígena?

R: Estas formas organizativas permiten a las comunidades indígenas ejercer control directo sobre aspectos de su desarrollo y bienestar (gestión de servicios, proyectos, etc.). Son espacios concretos de participación que, al interactuar con el Estado, abren y consolidan nuevos espacios públicos para el ejercicio de la ciudadanía desde la base.

Conclusión

Los movimientos indígenas en América Latina han tenido un impacto significativo, logrando en diversas instancias transformar sus agendas e influir en la esfera política. Han luchado por dar nuevos significados a las nociones tradicionales de ciudadanía, representación y participación política, y, por ende, a la propia democracia.

El replanteamiento fundamental en la región apunta a un cambio en el modelo de Estado, buscando relaciones más equitativas e incluyendo el respeto a la diversidad y la pluralidad cultural como parte esencial de las nuevas prácticas políticas y los nuevos significados de lo público.

Los pueblos indígenas han reclamado persistentemente sus derechos colectivos durante décadas. Esta dinámica, en un contexto global complejo, ha llevado a la creación de un cuerpo de legislaciones internacionales y nacionales orientadas a buscar soluciones negociadas en el marco de los derechos humanos, atendiendo a estas demandas históricas.

La Constitución venezolana de 1999 es un ejemplo notable, estableciendo un nuevo orden de convivencia y ampliando la democracia participativa. Esto ha posibilitado espacios para el ejercicio de una nueva ciudadanía, incluyendo a comunidades como los Wayuu y Añú.

La ciudadanía activa indígena se manifiesta en la apertura de nuevos espacios públicos, facilitada por el reconocimiento de diversas formas asociativas, como las organizaciones cogestionarias vecinales. Aunque persisten debilidades en la interrelación entre las organizaciones indígenas y el Estado, las emergentes prácticas participativas permiten ocupar espacios abiertos por las luchas sociopolíticas, creando a su vez nuevos significados como la autogestión y la cogestión.

Esta ciudadanía activa, basada en propuestas alternativas de democracia, permite la creación de nuevas relaciones culturales y políticas (instancias, mecanismos, actores) que abren posibilidades de cambio importantes. Estos esfuerzos, centrados en la adaptación de los propios grupos indígenas a la institucionalidad democrática (y su transformación), evidencian cambios cualitativos en la toma de decisiones y en las relaciones Estado-sociedad. Expresan y refuerzan la existencia de ciudadanos/sujetos y una cultura de derechos que incluye el derecho a participar directamente en la redefinición del poder social.

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