03/06/2018
Juan Manuel de Rosas es una figura central y controvertida en la historia argentina. Conocido como el "Restaurador de las Leyes", su influencia marcó una época. Más allá de su figura política y militar, Rosas tuvo residencias significativas que reflejaban su poder y su conexión con la tierra. Entre ellas, la más famosa y grandiosa fue sin duda su caserón en Palermo, un complejo que se convirtió en un símbolo de su dominio y de su particular visión.

El Esplendor del Caserón de Palermo
La construcción de esta imponente residencia comenzó alrededor de 1838, tras el fallecimiento de su esposa, Encarnación Ezcurra. Rosas encargó la obra al constructor Miguel Cabrera, aprovechando una estructura ya existente en la esquina sudeste de lo que hoy son la avenida del Libertador y la avenida General Sarmiento en Buenos Aires. Rosas, con su carácter detallista y controlador, supervisó personalmente cada aspecto de la construcción desde un modesto rancho cercano al Río de la Plata, demostrando la importancia que le daba a este proyecto.

La casa tardó varios años en completarse, estando en obra hasta mediados de la década de 1840. La zona elegida, el "bañado de Palermo", era en aquel entonces baja y pantanosa, pero ofrecía una vista privilegiada del Río de la Plata. Rosas tenía un vínculo especial con este lugar, recordando haber acantonado allí con sus tropas en 1820. Decidió transformar progresivamente los terrenos circundantes, que fue adquiriendo, en un vasto parque que, curiosamente, era a la vez privado y público, permitiendo el acceso a los porteños.
El proyecto paisajístico fue ambicioso. Se plantaron numerosos árboles y flores, y una parte considerable de las 535 hectáreas adquiridas se destinó al forraje de caballos y la cría de ganado, actividades centrales en la vida de Rosas. Incluso instaló jaulas para albergar un pequeño zoológico, añadiendo un elemento de curiosidad y entretenimiento al parque.
La zona estaba surcada por arroyos. El más importante era el Maldonado, y el Manso, cuyo curso original desembocaba en el Río de la Plata, fue desviado por orden de Rosas para integrarlo a su proyecto edilicio, formando parte de canales o estanques. Estas obras hidráulicas, junto con la nivelación del terreno mediante el traslado de gran cantidad de tierra desde lugares como las actuales Barrancas de Belgrano, fueron trabajos novedosos e inéditos para la época, demostrando la escala y la modernidad relativa de la empresa.
Dimensiones y Arquitectura
El Caserón en sí era una estructura monumental para la época. Tenía una planta rectangular de 78 por 76 metros, abarcando casi 6000 m² en total. Contaba con cuatro bastiones en los vértices, dándole un aspecto de fortaleza, aunque su función principal era residencial y administrativa. Las habitaciones tenían techos notablemente altos, de 5,20 metros, contribuyendo a una sensación de amplitud y grandeza. La azotea estaba rematada en todo su perímetro por una reja unida por pilares de material.
La vivienda principal se dividía en cuatro grupos de habitaciones, sumando 16 estancias conectadas entre sí por portales. En un ala se encontraban los dormitorios de Juan Manuel de Rosas, mientras que en el ala opuesta estaban los de su hija Manuelita, quien desempeñó un papel crucial en su vida pública y privada.
La construcción incluía detalles que, si bien no eran ostentosos según algunos relatos, sí denotaban calidad y confort. Los cielorrasos eran de madera pintada de blanco, y había una gran terraza en el lado oeste con rejas de hierro. Pero el Caserón no era la única edificación en el predio. El complejo de Palermo de San Benito incluía La Maestranza, con caballerizas, galpones y obrajes, donde vivían unos 150 miembros de la escolta de Rosas. También había un teatro, un edificio para cocina y despensa, seis ranchos para el personal de mantenimiento, un cuartel de artillería con polvorín y cárcel, y otro conjunto de edificios que albergaba departamentos de agricultura y veterinaria, el zoológico, un hospital, botica, carpintería, herrería, entre otros servicios.
Incluso un pequeño barco encallado en la costa del Río de la Plata, llamado "Manuelita", fue acondicionado y utilizado para eventos y entretenimiento, subrayando el carácter multifacético y la escala del complejo.
Un Vistazo al Interior
Los relatos de la época nos permiten asomarnos a la vida cotidiana dentro del Caserón de Rosas. Manuel Bilbao describe las habitaciones de Manuelita en la parte oeste, incluyendo el salón de recibo con grandes espejos, muebles de caoba, cielorrasos de madera, arañas con caireles. Todo era de calidad, sin excesivo lujo, salvo los espejos venecianos que, al parecer, encantaban al General.
Las habitaciones de Rosas, ubicadas en el ala este, eran más austeras pero funcionales. Contaban con una cama de bronce, un armario empotrado, un gran espejo sobre la estufa, un escritorio particular y una gran mesa central siempre cubierta de expedientes. Dos chiffoniers de caoba completaban el mobiliario, uno destinado a sus finanzas personales y el otro a las del estado, un detalle que resalta su meticulosidad incluso en la administración personal.
Las galerías de la casa estaban amobladas con bancos de caoba y mecedoras, invitando al descanso y a la contemplación del parque. El alumbrado se realizaba mediante lámparas de aceite. La prolijidad se extendía a los jardines, especialmente a los naranjos y demás arboleda, cuidados por peones gallegos dedicados exclusivamente a esa tarea. Rosas disfrutaba personalmente de las naranjas y los higos producidos en su quinta, a menudo trabajando en medio del humo de numerosos pebetes.
Tras la Caída: Usos y Demolición
El destino del Caserón de Rosas cambió drásticamente tras su derrocamiento en la Batalla de Caseros en 1852. La residencia, que había sido el epicentro del poder federal y un paseo público popular, tuvo múltiples usos en los años subsiguientes. Justo José de Urquiza, su vencedor, la utilizó inicialmente para alojar a su tropa, un destino irónico para la casa del "Restaurador". Durante un tiempo, funcionó como una escuela de artes y oficios, intentando darle un uso productivo al vasto complejo.
Sin embargo, uno de sus usos más prolongados y significativos fue como sede del Colegio Militar de la Nación, desde 1870 hasta 1892. Durante estos 22 años, el Caserón formó a 17 promociones de oficiales del ejército argentino, marcando un nuevo capítulo en la historia del edificio, ahora asociado a la formación militar de la nación unificada bajo otros principios.
Existió una versión difundida en redes sociales sobre la existencia de un túnel secreto que partiría del Caserón, construido en época de Rosas para permitir su escape en caso de peligro. Sin embargo, esta historia, carente de sustento documental o arqueológico, ha sido desmentida por el Centro de Arqueología Urbana, quedando como un mito popular más que rodea la figura de Rosas.
Finalmente, a pesar de su tamaño, su historia y sus diversos usos post-Rosas, el Caserón de Palermo no sobrevivió al avance de la ciudad y las transformaciones políticas. La residencia, terminada hacia 1848, fue abandonada tras el exilio de Rosas y, en un acto simbólico de ruptura con el pasado federal, fue demolida en 1899. Sus terrenos pasaron a formar parte del Parque 3 de Febrero, precisamente nombrado en conmemoración de la batalla que selló la caída de Rosas. El Monumento a Sarmiento se erige hoy donde estaba la entrada principal de la residencia, mientras que el monumento a Juan Manuel de Rosas se encuentra enfrente, un recordatorio de la persistencia de su figura en el paisaje y la memoria histórica argentina.
Otros Hogares de Rosas
Aunque el Caserón de Palermo fue su residencia más grandiosa y conocida, Rosas tuvo otros lugares de importancia en su vida. Uno de ellos fue la casa que mandó construir en el Campamento de Santos Lugares, actual localidad de San Andrés, en el partido de San Martín. Este campamento, instalado en 1840 en el solar de un antiguo convento, fue un centro vital de alistamiento e instrucción del Ejército Federal. Desde allí partieron las tropas que se enfrentarían a las fuerzas anglo-francesas en la histórica batalla de la Vuelta de Obligado en 1845, un acto de defensa de la soberanía nacional que le valió a Rosas el reconocimiento del General José de San Martín, quien le legaría su sable.
Dado el tiempo que Rosas pasaba en Santos Lugares por sus deberes militares, construyó una casa para su uso particular a poca distancia de la comandancia. Este lugar, declarado Lugar Histórico Nacional por Ley N° 24.965, alberga desde 1993 el Museo de Historia Regional “Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas”, preservando parte de su legado material.
Es importante aclarar, ante la existencia de información sobre otros lugares con nombres similares, que la "Quinta de las Rosas" ubicada en Maipú, Chile, es un inmueble completamente distinto, con su propia historia y arquitectura de inspiración victoriana, que nada tiene que ver con Juan Manuel de Rosas ni con sus propiedades en Argentina. Esta confusión puede surgir por el nombre, pero se trata de patrimonios diferentes.
Rosas y su Tiempo: Un Contexto Necesario
Para comprender la magnitud del Caserón de Palermo y el contexto en el que se desarrolló la vida de Rosas, es fundamental repasar brevemente su ascenso y sus gobiernos. Juan Manuel de Rosas (1793-1877) fue una figura dominante en la política argentina entre 1829 y 1852. Estanciero de cuna, demostró desde joven una vocación por las actividades rurales y una habilidad para el liderazgo, forjando vínculos con personas de todas las clases sociales, incluyendo los indígenas, a quienes buscó pacificar con tratados.
Su carrera política despegó en el convulso escenario post-independencia. Tras participar en campañas militares y acumular tierras y capital, Rosas se convirtió en un referente para los propietarios rurales y el partido federal. Su primera oportunidad como gobernador de Buenos Aires llegó en 1829, en medio de la guerra civil desatada tras el fusilamiento del gobernador federal Manuel Dorrego por el unitario Juan Lavalle. Rosas, con apoyo de caudillos y el pueblo, lideró la reacción federal y derrotó a Lavalle en Puente de Márquez. Tras un período de negociaciones y pactos, la Legislatura lo proclamó gobernador el 8 de diciembre de 1829, otorgándole "todas las facultades ordinarias y extraordinarias" y el título de Restaurador de las Leyes.

Este primer gobierno (1829-1832) fue de "orden", con algunas medidas progresistas como la fundación de pueblos y la reforma de códigos. Sin embargo, Rosas se negó a convocar un congreso constituyente, argumentando que las provincias debían organizarse primero. Al finalizar su mandato a fines de 1832, la Legislatura lo reeligió. Rosas, sin embargo, rechazó el cargo. Contrario a la idea popular de que fue por no concederle las facultades extraordinarias, el texto sugiere que Rosas no se sentía capaz de gobernar sin la unanimidad de la opinión pública a su favor y deseaba esperar el momento en que fuera llamado de forma indispensable, con plenos poderes. En su lugar fue elegido Juan Ramón Balcarce.
El Regreso al Poder y la Concentración de Autoridad
Durante el gobierno de Balcarce y su sucesor Manuel Vicente Maza, Rosas se mantuvo influyente, esperando su oportunidad. La inestabilidad política, marcada por conflictos internos y el asesinato del caudillo Facundo Quiroga en 1835, creó el clima que Rosas buscaba. La Legislatura de Buenos Aires, ante el caos, llamó a Rosas nuevamente al gobierno. Él condicionó su aceptación a la concesión de la Suma del Poder Público, que concentraba los poderes ejecutivo, legislativo y judicial en su persona.
Tras un plebiscito con un resultado abrumador a favor (9.713 contra 7), Rosas asumió su segundo gobierno el 13 de abril de 1835. Este período (1835-1852) fue marcadamente distinto. Rosas impuso un control férreo sobre la sociedad. Hizo obligatorio el uso del cintillo punzó (rojo federal) y lemas como "¡Mueran los salvajes unitarios!" en documentos públicos. Eliminó opositores de cargos públicos y militares.
Para consolidar su poder, contó con el apoyo de la Sociedad Popular Restauradora y su brazo armado parapolicial, la Mazorca, que persiguió a sus adversarios. El control se extendió a la prensa, eliminando periódicos opositores y promoviendo publicaciones oficialistas que exaltaban su figura. La intromisión llegó incluso a la Iglesia, donde se exigía apoyo público al rosismo, colocando su retrato junto a los santos.
Un grupo de jóvenes intelectuales, la Generación del '37, aunque inicialmente intentaron ser una alternativa a federales y unitarios, se opusieron a Rosas y fueron perseguidos, exiliándose en su mayoría en Montevideo o Chile (como Domingo Faustino Sarmiento). La trágica historia de Camila O’Gorman y el cura Ladislao Gutiérrez, fusilados por orden de Rosas en 1848, es uno de los episodios más oscuros que ilustran el ejercicio de su autoridad.
Desafíos Económicos y Externos
En materia económica, Rosas implementó la Ley de Aduanas de 1835, que establecía aranceles proteccionistas para productos locales y prohibiciones a la importación de otros, buscando favorecer la producción del interior y aumentar los ingresos de Buenos Aires. Aunque se mantuvo inflexible en no nacionalizar la Aduana, esta ley impulsó el mercado interno. Su política fiscal fue conservadora, controlando gastos y manteniendo un equilibrio precario, aunque no pagó la deuda externa con Baring Brothers, negociando con Inglaterra sobre las Malvinas (el "Arreglo Falconnet").
La política exterior de Rosas estuvo marcada por conflictos. Enfrentó a la Confederación Perú-Boliviana y tuvo malas relaciones con Brasil y Paraguay (a quien intentó forzar a reincorporarse a la Confederación mediante bloqueo fluvial). El bloqueo francés al Río de la Plata (1838-1840), motivado por reclamos comerciales y de trato a sus súbditos, afectó la economía y generó descontento interno. Rosas resistió, exigiendo ser tratado como un estado soberano, y finalmente logró un acuerdo.
Años más tarde, enfrentó el bloqueo anglo-francés (1845-1849), impulsado por intereses comerciales (libre navegación de ríos) y políticos (impedir que Uruguay cayera bajo control argentino). La defensa argentina en la Vuelta de Obligado, aunque una derrota táctica, fue una victoria política y un símbolo de resistencia a la intervención extranjera. Este acto conmovió a San Martín, quien legó su sable a Rosas en reconocimiento.
Las Guerras Civiles y el Terror
El segundo gobierno de Rosas estuvo plagado de conflictos internos. La resistencia a su autoridad se manifestó en levantamientos como el de los Libres del Sur en la provincia de Buenos Aires (1839) y la formación de la Coalición del Norte (1840-1841) que unió a varias provincias unitarias. Las campañas militares, lideradas por figuras como Lavalle (del lado unitario) y Oribe (del lado federal y aliado de Rosas), fueron constantes.
El período de octubre de 1840, conocido por la historiografía liberal como "mes del terror" u "octubre rojo", fue particularmente violento. Aunque se le atribuyen miles de muertes a la Mazorca, el texto matiza esta visión, indicando que en ese mes hubo unas veinte muertes violentas, no todas unitarias, y que Rosas, si bien usó el terror como herramienta de presión, también ordenó detener los linchamientos populares una vez firmado el acuerdo con Francia. La cifra de 480 muertes atribuida por José Rivera Indarte en las "Tablas de sangre", pagada por enemigos de Rosas, es presentada en el texto como falsa y exagerada, incluyendo muertes naturales o de enemigos políticos asesinados por otros unitarios.
El Fin de Una Era
La década final del gobierno de Rosas vio cambios económicos importantes, como el auge de la ganadería ovina y la exportación de lana, aumentando la dependencia de Inglaterra. La sociedad estaba firmemente controlada, con disidentes exiliados, encarcelados o asesinados. Figuras federales leales a Rosas gobernaban en las provincias, aunque algunas, como Justo José de Urquiza en Entre Ríos, adquirían creciente poder y autonomía.
Urquiza, quien se beneficiaba del contrabando con Montevideo, comenzó a distanciarse de Rosas cuando este le ordenó cortar esa actividad. Viendo la oportunidad y buscando la organización constitucional del país, Urquiza se alió secretamente con Corrientes y Brasil. El 1 de mayo de 1851, lanzó su "Pronunciamiento", reasumiendo las relaciones exteriores de Entre Ríos y desafiando la autoridad de Rosas.
Tras derrotar a Oribe en Uruguay e incorporar sus tropas, Urquiza formó el "Ejército Grande" y marchó sobre Buenos Aires. Rosas asumió personalmente el mando de sus fuerzas pero fue derrotado en la Batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852. Tras la derrota, Rosas renunció en el "Hueco de los sauces" y se exilió en Inglaterra, poniendo fin a su largo dominio.
Preguntas Frecuentes
¿Qué sucedió finalmente con la imponente residencia de Rosas en Palermo?
Tras la caída de Rosas en 1852, el Caserón tuvo varios usos, incluyendo cuartel, escuela de artes y oficios y sede del Colegio Militar de la Nación. Fue finalmente demolido en 1899, y sus terrenos pasaron a formar parte del actual Parque 3 de Febrero.
¿Dónde se encontraba exactamente el Caserón de Rosas?
Estaba ubicado en la esquina sudeste de las actuales avenidas del Libertador y General Sarmiento, en lo que hoy es el Parque 3 de Febrero de la ciudad de Buenos Aires.
¿Por qué Juan Manuel de Rosas dejó la gobernación de Buenos Aires en 1832 si fue reelecto?
Aunque fue reelecto, Rosas rehusó el cargo. Según el texto, no se sentía capaz de gobernar sin la unanimidad de la opinión pública a su favor y sin facultades extraordinarias (aunque esto último es matizado). Prefirió esperar el momento en que fuera llamado con un apoyo total y considerado indispensable.
¿Es verdad que Rosas construyó un túnel secreto bajo su casa para escapar?
No, el texto indica que esta es una versión sin sustento, difundida en redes sociales y desmentida por el Centro de Arqueología Urbana.
¿La Quinta de las Rosas en Chile es la misma casa?
No, la "Quinta de las Rosas" en Maipú, Chile, es un inmueble distinto, de inspiración victoriana, con una historia y propietarios diferentes a los de Juan Manuel de Rosas.
Un Legado Material Desvanecido
El Caserón de Rosas en Palermo fue más que una simple casa; fue un centro de poder, una muestra de su visión de progreso y un espacio público-privado único para su tiempo. Su eventual demolición simbolizó la ruptura con el período rosista. Aunque el edificio ya no existe, su historia y la del vasto complejo que lo rodeaba perduran en la memoria histórica, recordándonos una época fundamental y a una figura que, para bien o para mal, dejó una huella imborrable en la Argentina.
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